¿Para qué vale hoy el arte?

Una respuesta a esta pregunta podría ser que el arte vale hoy para cuidarnos, entendiendo este nos no solamente en sentido personal de aquellas personas con las que trabajamos, sino por el lado plural e indeterminado. Nos es uno mismo en tanto que resultado de un cruce inestable de elementos físicos, reacciones químicas, subjetividades y emociones diversas, pero nos es también el entorno, el espacio y los objetos entre los que nos movemos; nos es el aire que respiramos, las sensaciones que nos llegan, los azares o imprevistos que surgen en un determinado momento. Nos es un espacio incierto, pero nos son también las normas, regulaciones y protocolos ciertos que tenemos que afrontar cada vez que trabajamos en un sitio. Nos es la economía material e inmaterial que nos sostiene. Nos no es un único mundo, sino mundos distintos que conviven de forma imprevista, y cuidarlos en su incertidumbre es la finalidad del arte.

No hay que tomar estas afirmaciones sino como lo que son, un ensayo de una posible respuesta a una pregunta que cada una podría responder de un modo distinto en según qué momentos y estados de ánimo. A mí, ahora, me salió así. Podéis probar a responderla, es muy terapéutico. ¿Para qué sirve el arte hoy? Evidentemente, puede servir para cualquier cosa, esa es su potencia. Si miramos el trabajo de Santiago Cirugeda, desde la arquitectura, diríamos que el arte vale para sortear la normativa de urbanismo en relación a la ampliación de una vivienda o al mobiliario urbano, presentando el trabajo como intervenciones artísticas para que así la administración lo mire de otra manera y ponga menos trabas. El arte puede ser también una triquiñuela, una artimaña, un artificio que ligado a la imaginación permite salir adelante en una situación determinada. Cuidados, estrategias, movimientos, compromisos. Formas y maneras de hacer. El objetivo de este texto no es en todo caso darle una respuesta a esta pregunta, o no al menos una sola. Fuera de una pragmática concreta, esta pregunta puede pasar por un planteamiento retórico del que mejor olvidarse, y puestos a ponernos en plan prácticos, diríamos que el telón de Aquiles de este acertijo no es su segundo término, la cuestión del arte, independientemente de lo que pueda ser, sino el primero, el problema de las finalidades, de los porqués, los para qué, con quién, con qué dinero y dónde. Y este es un problema que no afecta solo al arte, es el problema de la política, de la polis, de la ciudad, en relación al arte o cualquier otra actividad. De hecho la pregunta sería más eficaz si la planteáramos en términos de qué hacemos con el arte, o con cualquier otra cosa, y cómo y quiénes lo usamos, a dónde nos lleva, qué tipo de economía pone en circulación o en qué lugares nos coloca. La cuestión del para qué, sin embargo, sigue pesando, más aún en estos tiempos de búsqueda de rentabilidades, productividad y elogios sospechosamente desmedidos de la eficacia. Pero mi intención, como digo, no es contestar aquí ninguna pregunta, sino utilizarla a modo de cita de alguna persona cualquiera que en algún momento de duda se habrá preguntado: y todo esto del arte para qué, si además se define como artes vivas parece que la pregunta parece aún más pertinente; pero igualmente podríamos preguntarnos, y todo esto de la arquitectura para qué. Comenzar con una pregunta.

Con este interrogante no pretendo tampoco cuestionar la utilidad del arte. Estoy seguro de que sirve para más cosas de las que tenemos conciencia, solo hay que ver la cantidad cada vez mayor de gentes, instituciones, proyectos y presupuestos, destinados a este fin. Tanto esfuerzo no puede ser en vano. Ante esta evidencia resulta llamativa, por otro lado, la frecuencia con la que se nos viene a la cabeza otra respuesta, seguramente igual de retórica, pero más concisa: el arte no vale para nada. Todavía más llamativo resulta que esta haya sido la respuesta si no preferida, una de las más socorridas, de numerosos artistas, no sabemos si por quitarse de en medio la dichosa cuestión del para qué, y poder seguir así tranquilamente haciendo su trabajo, o por una fe verdadera en esa nada. No parece que sea lo mismo que alguien relacionado con el mundo del arte diga que el arte no sirve para nada -o poniéndolo aún más difícil, que sobre todo tiene que servir para nada-, a que lo diga esa otra parte de la humanidad que en algún momento se tropezó con alguna obra o institución artística y no tuvo reparos en despachar el asunto por la vía rápida. El arte, o su otra cara, la filosofía, como una suerte de religión secular, parece que autorizara a un diálogo más íntimo con eso de la nada, aunque por suerte ese espacio vacante que dejaron los dioses dejó de ser privilegio de unos cuantos entendidos. Cualquiera que haya sentido la emoción, incomodidad o extrañamiento de ese vacío, y al mismo tiempo la necesidad de sostenerlo, es un artista en potencia, y quizá también un arquitecto, o al menos un constructor. El paso siguiente es darle forma a ese vacío, cuidarlo y hacerlo habitable, sostenerlo y no perderlo de vista. Ese vacío, ya sea en forma de espacio mental, solar público, paisaje sin intervenir o simplemente ausencia de sentido, justamente por estar vacío, está lleno de posibilidades.

 

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Un ejemplo de vacío, para ir bajando todo esto a tierra, es el que se abre bajo esta cercha de madera, que forma parte de uno de los módulos de que consta la casa que se está levantando en las Naves de Matadero a lo largo de mayo. Y con aquello del cuidado me refiero al modo en que la gente que está y estamos haciendo estos talleres, y en especial de Recetas Urbanas, han ido cortando y enseñando a cortar estas maderas, ensamblándolas y enseñando  a ensamblarlas, armándolas y desarmándolas mientras se discutían pros y contras de hacerlo así o de otra manera en relación a los posibles usos que se le va a dar después. Este vacío, convertido ahora en un hueco, es un espacio de posibilidades que todavía están por determinar y que solo se concretarán con el uso que la gente haga luego de él. Diríamos que su sentido está todavía en el aire, pero que ha nacido en todo caso con una vocación clara de servir para algo.

Podría pensarse entonces que lo mejor sería tomar este hueco como una guía segura para movernos en el territorio del arte, o al menos de este proyecto, pero esto no es tan fácil. Los vacíos, empezando por el propio vacío de finalidades, han resultado ser un material altamente inflamable. Permanecer en medio de esos huecos que se abren entre medias de territorios más seguros sin quemarse los dedos es un ejercicio para equilibristas. Lejos de lo que pueda parecer, la capitalización de la nada es uno de los negocios más pingües de la historia. Solo hay que mirar la proliferación de empresas religiosas en una época en la que parecía que aquello de los dioses había quedado atrás, o del mismo terreno del arte, por citar solo algunos de los ejemplos con mayor recorrido; al lado de estos buques insignias el mundo de las prácticas de autoayuda es solo una franquicia. Y no por ello, sino al contrario, a causa de todo esto es que no se puede perder de vista el cuidado de este espacio sin determinar, un asunto no solo necesario, sino sobre todo delicado e incierto.

 

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“Habitar el aire” es el título del proyecto puesto en marcha en las Naves de Matadero y cuya primera etapa es esta construcción. Este mismo título podría servir para expresar la imprecisa convivencia entre mundos distintos cuyo roce produce a menudo ciertos desajustes, fisuras o vacíos, territorios que están todavía sin aprender. ¿Qué relación hay entre la arquitectura y al arte, o entre el arte y el trabajo social, o entre una institución artística y el mundo de fuera? Vivimos en islas y nos sostenemos en el aire, ficciones que en cualquier momento podrían derrumbarse. El problema del teatro, como también del arte y de la misma arquitectura, no es solamente sostenerla, sino además disfrutarlo. La arquitectura también es en este sentido un teatro. Y hay teatros buenos, en los que aprendes algo y te lo pasas bien, y teatros que te comen la moral. Y este teatro de la arquitectura, por el momento, está siendo generoso en sus modos, cercano en sus percepciones e impredecible en su devenir. Habitar el aire hace alusión a esta construcción que a modo de casa quedará suspendida a unos metros del suelo en la nave grande de Matadero por medio de una estructura de metal. El proyecto tiene 3 fases, o quizá habría que decir 2 + 1, ya que la última está ya fuera de Matadero, aunque no por estar fuera ha dejado de estar muy presente desde el comienzo. La primera fase, que termina con el montaje de la casa dentro de la nave grande el día 6 de junio, consiste en esta construcción a base de talleres colaborativos abiertos, en los que se han involucrado colectivos, como la gente de Artediez, de la Escuela de Diseño de Moratalaz, que están elaborando el mobiliario, u otra gente a título individual; la segunda son una serie de actividades a modo de intervenciones artísticas, musicales y performativas a cargo de Llorenç Barber y Montserrat Palacios, Ignacio Marín Bocanegra, Vértebro, así como talleres durante el mes de junio, que llevarán Los Bárbaros; finalmente, en el tercer momento, la casa iniciará un recorrido como espacio itinerante gestionado por una serie de redes, cooperativas y asociaciones feministas y de economía social y comunitaria, como Genera, Amalgama, Dinamia o Trabe. Su primer emplazamiento, por el momento, porque todo esto está todavía, como reza el título del proyecto, “en el aire”, sería en el barrio de Tetuán.

Como puede verse, si dejásemos de lado esa fase intermedia de actividades artísticas y talleres de lectura, la pregunta por la utilidad no parece la más pertinente para acompañar un proyecto cuya funcionalidad estaría fuera de toda duda. Incluso si al final la casa no llegara a tener el recorrido que se espera, en la formulación del proyecto está inscrita desde el comienzo la evidencia, y también el riesgo, de un sentido. Esta casa no se está construyendo para nada. El mundo de la construcción en general es aquel en el que más alarma podría causar una posible falta de utilidad, y sin embargo ningún ámbito como la arquitectura moderna ha sabido torear esta ausencia de sentido con mayor elegancia hasta convertirse en una de sus especialidades En este país contamos con un largo listado de construcciones para nada. ¿Una construcción tiene siempre una finalidad? Aún sin tener todavía certeza de a dónde y en qué condiciones será empleada la casa de Matadero, nace desde el comienzo con esta vocación cierta de servicio público. Esta es, sin duda, una de las características más potentes de los proyectos de Cirugeda. Se construye en respuesta a necesidades inmediatas de un entorno y a menudo aprovechando los resquicios que quedan en los márgenes de lo legal. Una cuestión de estrategia e inventiva que, como veíamos antes, no queda lejos del mundo del arte, del crecerse ante las limitaciones, del hacer con lo que se tiene, y si no, se inventa, lo que Levi-Strauss definió con la figura del bricoleur y el pensamiento salvaje. ¿Quién ha dicho que no podemos cambiar el mundo? Cada ciudadano, diría Santiago, tiene en su mano la capacidad de cambiar si no el mundo, sí al menos el pedazo de mundo por el que pasa cada día para ir trabajar.

Aunque no siempre se construya del mismo modo y las necesidades que se priorizan no sean las mismas, la arquitectura es en todo caso el ámbito en el que se ha querido encontrar la solución a esta necesidad de objetivos claros para un tipo de proyectos de intervención en el ámbito público en el que el término “artístico” parece resultar superfluo cuando no simplemente incómodo. No es mi intención tratar de meter con calzador una palabra, y todo lo que esté asociado a ella, en un medio que pareciera no necesitarla. No se trata aquí de una cuestión de terminología. Tampoco se trata de salvar el barco del arte, como en La nave de Fellini, amarrándola al transatlántico de la arquitectura, aunque en este caso el arte sería más bien la balsa del rinoceronte remolcado por una nave de la arquitectura que obtiene parte de su visibilidad y desarrolla a menudo su actividad en entornos artísticos y con fondos destinados a este medio. No es cuestión aquí tampoco de delimitar competencias o establecer rivalidades, como tampoco de deshacerlas buscando convivencias forzadas entre dos medios al que hay que unir un tercero, el de colectivos y espacios de trabajo en entornos sociales de marginalidad, disfuncionalidad o desigualdad. Replantear la cuestión de la nada en medio de este panorama no significa poner en duda la utilidad de este proyecto, sino preguntarnos por la economía interna, las energías y modos que sostienen esas utilidades más visibles, preguntarnos por la aparente inutilidad que emerge en los intersticios de lo útil y las fisuras de las finalidades, preguntarnos por formas imprecisas de utilidad, imaginación e inteligencia que se resisten a ser capitalizadas —¿cómo se pagan los cuidados?—, para terminar planteando una estética, no en el sentido de contemplación pasiva de algo, sino en tanto que prácticas de lo sensible, modos de hablar y mirar, de estar y no estar, de tejer y destejer construcciones menos evidentes que operan a nivel sensible. El ninguneo de estos territorios ha convertido la arquitectura (social) en lo que es hoy, una trama en la que la gente que la tiene que incorporar y hacer suya han pasado a ser meros comparsas.

Habitar el aire es un proyecto que recorre territorios limítrofes sin tratar de confundirlos: arquitectura, arte y trabajo social. No se intenta hacer pasar la arquitectura por una obra, ni el objetivo último de trabajo con las mujeres como una prolongación de la actividad artística, sin embargo, las preguntas y los desbordamientos, los contagios y tensiones son inevitables, más aún si la puesta en marcha de todo el proyecto se hace desde un centro de creación artística como las Naves de Matadero. A partir de ahí las preguntas sobre fronteras, legitimidades y desplazamientos caen por su peso. ¿Por qué un trabajo como el de Cirugeda, con una clara vocación de intervención práctica en entornos específicos, acaba haciéndose en un centro de creación? ¿Qué pinta en este entorno un proyecto de construcción sin ningún de exhibición hacia fuera? ¿Cómo entender entonces el uso artístico de esta construcción con una serie de obras para que estas no queden como la excusa para un proyecto que apunta hacia otro lugar?

Entre estos tres ámbitos, arquitectura, arte y trabajo social, posiblemente sea el segundo, a pesar de su capital simbológico, el menos evidente o el que más preguntas plantea. Esto no es casualidad, si hay una finalidad clara del arte a lo largo de la historia ha sido la de cuestionar lo ya instituido planteando otras formas, inteligencias e imaginarios. Las prácticas artísticas parecen elevar un signo de interrogación sobre el lugar en el que se encuentran. Esto podría hacerse de otra manera. Con esta finalidad de desplazar espacios ya sabidos nos vamos a quedar por el momento, entendiendo que cuestionar no quiere decir hacerse preguntas sobre algo que no funciona. No se trata de dar respuesta a problemas específicos, sino de generar un movimiento desacostumbrado. Diríamos en todo caso que el problema es el movimiento, la capacidad de ir, no de A a B, sino de A a X. Con frecuencia se especula si en un mundo ideal tendríamos necesidad del arte. El arte no ofrece soluciones eficaces a problemas concretos. Su espacio, y su tiempo,  son otros; esos otros tiempos se construyen como una operación de segundo grado que atraviesa de forma imprecisa otros mundos como puede ser el de la arquitectura, el trabajo social o los propios centros de artes o instituciones en las que opera. En tanto que práctica el medio artístico activa posibilidades imprevistas de movimiento, o quizá sería más claro decir que las prácticas, en tanto que “artísticas”, ofrecen posibilidades distintas de habitar mundos que, por otro lado, están demandando esas otras formas de ser habitados. Es a partir de estas demandas que el arte se encuentra y desencuentra constantemente con otros ámbitos. Son estas demandas las que convocan esos vacíos como oportunidades para afrontarlas de otro modo.

Si la construcción colectiva de esta casa es finalmente una obra o no lo es, poco importa. Es solo una cuestión de marcos. Lo importante es aquello que se genera en torno a la construcción, un espacio de aprendizaje y posibilidades, de intercambios y preguntas en torno a un proyecto tan rotundo en su formulación —vamos a construir una casa para que las mujeres de estos colectivos se apropien de ella, la hagan suya y la utilicen— como imprevisto en sus desarrollos. Estos imprevistos no son resultados accidentales de agentes externos que serían mejor haber evitado, sino el centro vacío que no hay que perder de vista, porque es lo que puede acabar con el proyecto, pero también lo que puede hacer que llegue a transformarse en lo que todavía no sabemos siquiera que puede llegar a ser. Esto es habitar el aire, la condición necesaria para que un espacio, una casa, un proyecto o una obra no queden clausurados antes de que sus formas de uso determinen lo que puede llegar a ser y para qué puede valer en ese momento. Y eso está todavía por ver.

Continuará…

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Texto Óscar Cornago / Fotografía Fran Blanes

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